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Entrevista con Diles que no me maten


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Fotos: Sara Messinger

El proyecto conformado por Jonás Derbez, Andrés Lupone, Jerónimo García y los hermanos Raúl y Gerardo Ponce, se ha posicionado como uno de los referentes del mexaground contemporáneo. La amplitud en la paleta de sonidos al interior de Diles que no me maten ha llevado a los capitalinos a través de jams de experimentación, guiños krautrock, poética metropolitana y una envidiable discografía. Desde el EP ‘Cayó de su Gloria el Diablo’ (2019), el quinteto ha mantenido un flujo constante de long plays cada uno más pulido que el anterior. Así, ‘Edificio’ (2020), ‘La Vida de Alguien Más’ (2021) y ‘Obrigaggi’ (2023) se enlistan como preámbulo de su más reciente material ‘Escrito en agua’ (2026).

Con motivo de su lanzamiento, nos sentamos a platicar son Gerardo Ponce y Jonás Derbez sobre el proceso de grabación del LP, la poesía de Mahmoud Darwish, las texturas al interior del disco y la proyección de la banda sobre su pasado sensible, un presente de actos en vivo y cualquiera que sea el agua que corre desde el futuro.

Hey, ¿cómo andan?

GP: Todo bien, justo andamos ensayando.

Buen momento para entrevista, ¿han cambiado mucho sus ensayos de disco a disco?

GP: Bastante, la verdad, en especial para este. Estamos trabajando con gente que toca cuerdas para la presentación del álbum. Nos emociona encontrar otra manera de darle tratamiento a las canciones.

¿Cómo describirías este proceso de readaptación a nuevos sonidos, instrumentistas, texturas en las canciones?

GP: Yo siento que es natural. Conforme uno crece, vas queriendo experimentar otras cosas y la vida te va poniendo en situación para poder vulnerarte de distintas maneras. Conectar con otros instrumentos, con otras formas de ver la música. Los ensayos son una extensión de lo que pasa después de grabar.

Siempre es interesante saber cómo se viven estos procesos del otro lado y, hablando de la grabación, ¿cómo fue esa experiencia con la producción de Sebastián Rojas en el estudio de Santa María la Ribera?

GP: Pues estuvo chido porque a Sebastián lo conocemos desde hace mucho tiempo y, en lo personal, disfruto mucho trabajar con personas que nos conocen desde un mundo amistoso. Hace más fácil afrontar la crítica en ciertos vicios, que se involucra al momento de componer, que apunta cosas que no funcionan del todo, que ayuda  a proponer, que conoce la neura de cada uno. Todo se vuelve más fluido, pero sabiendo poner un “hasta aquí”, porque a veces los músicos no paramos ¿sabes? queremos cambiar y cambiar y cambiar. Además de trabajar con Sebas, también Sandra Morales, que es nuestra ingeniera de audio, nos ayudó muchísimo a la hora de grabar, montando, proponiendo ideas, a dar su input de cómo sonamos para que hubiera cierta facilidad de traducir el sonido de estudio al acto en vivo. También trabajar con Gabriel Téllez, en la mezcla y masterización, nos ayudó a diversificar esa manera de relacionarnos con la música. Además, el que todos sean amigos, gente cercana, nos dio chance de explorar la música a un nivel milimétrico, por decirlo de alguna forma.

Pensando en el aspecto más interno de este largo recorrido detrás de ‘Escrito en agua’, ¿dirías que comenzaron con una idea clara de a dónde querían llegar y se trató de ir resolviendo sonidos sobre la marcha?

GP: Siempre hay ideas muy claras, canciones que llevan mucho tiempo en el cajón. Pienso en “No me”, que la hemos tocado en vivo poco más de un año. Hay otras que nacen en la grabación, otras que son más bien ideas de arreglos. “Perquisidor”, uno de los sencillos, es un arreglo de una canción de Andrés (Lupone) de la cual extrajo sólo una parte y montamos eso. Hay mucha variedad en ese sentido, creo que todo se va acomodando.

Supongo que, dentro de este gran acomodo, debes tener alguna canción favorita de este disco.

GP: Me gusta mucho “Derivar”. Es una canción muy linda porque remarca una parte bien importante de lo que es el tiempo, es muy reflexiva y, al mismo tiempo, muy pequeña. Eso me gusta mucho. Aún así, todas me gustan, cada una tiene su encanto y, entre ellas, son muy diferentes. Espera, creo que haremos un cambio.

JD: Qué onda, soy Jonás. Una disculpa, es que andamos ensayando.

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Portada: ‘Escrito en agua’ de Diles que no me maten

¡Hey! No te preocupes. Platicaba con Gerardo sobre las canciones de ‘Escrito en agua’. Se me hace bien curioso que los tracks puramente instrumentales sean los de los títulos más largos, como “Las noches que dormimos en sillas” o “Kilómetros dentro de un túnel”. Como si se mantuviera un balance entre lo que se dice con palabras y lo que se intuye con sonidos.

JD: Creo que nuestras canciones casi siempre las trabajamos sin voz. Hay excepciones en las cosas más folk, que se escucha que se compusieron en guitarra acústica. Todas las otras canciones, que al final tienen letra, comenzaron como instrumentales. Creo que, a diferencia de los anteriores, fue hasta este disco que la letra definió un poco más la estructura. Por ejemplo, “Las noches que dormimos en sillas” era un arreglo muy rígido escrito por Andrés en partituras, luego lo empezamos a tocar y a tocar y a tocar, hasta que encontramos cómo acomodarnos. “Kilómetros dentro de un túnel” es completamente otra cosa, la hizo Gerardo solo, improvisando con su guitarra.

Creo que, aún cuando cada corte viene de lugares tan distintos, terminan atravesados por el mismo tipo de sensaciones al interior de las letras. ¿Cuáles fueron las figuras que rodearon tu escritura para las letras de este disco?

JD: Siento que me costó más escribir las letras para este álbum. Cuando no encontraba qué decir o cómo decirlo, leía este libro que me regalaron ‘The Butterfly’s Burden’, del poeta palestino Mahmoud Darwish. Hay muchas líneas en “Perquisidor” que son frases directas de sus poemas. El libro va de poemas documentales y yo no tenía de qué era eso, aproximarme de esa manera fue realmente hermoso. Él los describe como: “cosas vividas sin mucha ensoñación, con imágenes muy reales de lo que se ve”, pero con la labia de alguien que escribe poesía hermosa. Entonces te habla de las nubes como te habla del asfalto y puedes notar cómo vio todo estando ahí. Encontré: “[...] confío en el agua, habitante de este poema” y quise ponerla en una canción, pero una canción no es un poema, así que lo cambié a: “[...] confía en el agua, habitante de esta voz”. Y así, me pasó con varias otras cosas. Por eso decidimos dedicarle el disco a Mahmoud, ya que estuvo de oráculo durante la grabación.


¿En qué sentido dirías que una canción no es un poema?

JD: Bueno, un poema lo puedes leer si estás sordo, una canción no [ríe]. También creo que las canciones tienen un refuerzo sentimental muy hermoso en el sonido. Como si te tendieran la cama y luego tú eres las palabras y te tiras sobre ella. El punto es que ya hay algo ahí, cierta sensación, así que tu letra, tu poema, no puede ser completamente otra cosa, depende del cómo lo cantes, de cómo lo interpretes. Yo llegué a la poesía a través de las canciones.

¿Qué otros libros o autores influyeron de una u otra forma en ‘Escrito en agua’?

JD: De Darwish principalmente el poema “Estado de sitio”. Pero también estuvo por ahí José Vicente Anaya, él tiene un poema llamado ‘Hikuri’, por eso le pusimos “Hiriku” al sencillo. Él es un poeta bien espiritual y es mexa, falleció en 2020. Fuera de ellos, creo que este disco era un gran ímpetu de personas distintas. Un “yo quiero tocar este sonido”, “yo quiero meter esta guitarra”, “yo quiero componer así”. O no sé, Andrés te diría que Charlie Haden fue un referente para la composición, sobre todo en “Las noches que dormimos en sillas”. Gero estaba escuchando mucho a John Fahey, un guitarro gringo y Raúl… Raúl sólo escucha son cubano [ríe].

No sé si sea por la producción, pero sí se llega a notar cierta inclinación tropical en las percusiones.

JD: Es que todo ese bagaje cultural es increíble y, justo Rules está muy metido en esa ola. Además de esta intención de meter sólo lo necesario. Quería construir capas muy sencillas pero muy estructurales. Y eso llega claramente al disco.

Eso explica buena parte del sonido de ‘Escrito en agua’. Se siente atmosférico y con ciertos guiños folk, ligero y denso pero transparente al mismo tiempo.

JD: Transparente es bueno. Creo que el disco sí está cargado de todas esas energías. Por momentos quiere ser muy luminoso y luego vuelve sobre sí para ser muy denso. Lo que me gusta mucho de este disco es que cada tracks te va cambiando de paisaje. Cuando ordenamos el tracklist sentía que te introducía a un mundo, cambiaba a otro, luego volvías a uno muy parecido al del inicio y todo eso hacía sentido al final, ya que habías escuchado el panorama.

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Que, dentro de estos otros mundos presente en el disco, es muy nítido cuando se tratan sus etapas pasadas. “Hiriku” pudo ser parte de ‘Edificio’ (2020) o “Derivar” aparecer en ‘Obrigaggi’ (2023). Y creo que esa consciencia del sonido parte a las bandas en dos, aquellas que voltean hacia lo que han sido para huir de ello y aquellas que se adentran en sí mismas para encontrar el siguiente paso. ¿De qué lado cae Diles?

JD: Yo creo en ambos. Siempre vas hacia adentro porque, al final, no dejas de ser tú. Y, como componemos entre los cinco, siempre hay alguna curiosidad, algún deseo o algo íntimo como pilar de tu vida. Pero vamos creciendo, y cambiamos, y nuestras vidas cambian con nosotros. Empezamos hace mucho tiempo, cuando éramos niños, pero ya no lo somos. Eso ha cambiado nuestra manera de escuchar. Así que sí, la música cambia, pero seguimos descubriendo qué tenemos dentro.

¿Tienes algún recuerdo vívido de cuando eran niños?

JD: Sí, varios. Bueno, niños con veintiuno, veintidós, veintitrés. No éramos niños, pero nos comportábamos así [ríe]. Uno muy bonito, que se me vino a la cabeza, fue la primera vez que íbamos a tocar en el 316Centro, abriendo para Michelle Blades. Yo estaba en un viaje y me regresé, era el momento más importante de mi vida ¿no? Pensaba: “Voy a tocar en el 316, esto no es poca cosa” [ríe]. Ensayábamos en el centro, en Artículo 123, #45, lo recuerdo porque era 1, 2, 3, 4, 5. Estábamos en el café Emir que está sobre Independencia, bien nerviosos con los instrumentos, a punto de irnos al soundcheck. En ese momento la vida no se imaginaba como ahora es. Sin embargo, no recuerdo qué imaginábamos.

Para ir cerrando, me gustaría saber más sobre “Tunuwame”, que es la canción que cierra el disco y hace referencia a ciertas imágenes de la cosmogonía huichol.

JD: Esa rola es especial. El primer o segundo día que estuvimos en el estudio no podíamos montar las canciones, no nos salían, no lográbamos entenderlas. Estábamos muy nerviosos, así que Sebastián nos dijo que nos pusiéramos a jamear, y salió esa rola en una toma. Eso dejó el estudio suavecito, después podíamos tocar lo que sea. La letra hace alusión a estar frente a la fogata toda la noche. Y la primera estrella en salir, la estrella de la mañana, se llama Tunuwame. Aprendí eso en la sala de etnografía del museo, ahí en Chapultepec. Luego, un señor me dijo que esa era la estrella que apadrinaba a los cantantes y a los músicos y… dije: por favor. Siento que la rola es eso, un deseo de recordar la buena vida, para envejecer dichoso.

¿Cuáles son los planes a futuro ya bajo el cobijo de Tunuwame?

JD: Fíjate que ahora sí tenemos planes a futuro, es la primera vez que los tenemos. Vamos a tocar en muchos lados. Eso ha sido un plan de un año y medio y… viene el golpe, estoy muy emocionado. Esto era para conocer el mundo tocando y lo vamos a hacer por primera vez, todo bien esforzado. Andrés es el tour manager, yo soy el manager, Jerónimo y Gerardo tienen la tienda y Raúl se encarga de la buena vida, de mantenernos a todos desestresados. Ese es el plan, y queremos grabar un disco. Pero siento que no te lo puedo decir porque lo voy a salar.


Ya cuando salga platicamos. Y nada, qué chido volver a escucharlos con un nuevo disco.

JD: Gracias a ti, te mando un abrazo. ¡Nos vemos!


 
 
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